Archivo | agosto, 2009

buen precio

7 Ago
“Conventionality is not morality” –Charlotte Bronte
Compró ese día la morocha de 1.75 y curvas sinuosas llamada Serena, el mejor par de medias y portaligas que encontró en el Patio Bullrich.
Había llegado ese momento tan esperado, anhelado, soñado. Tanto pasar, tanto esfuerzo al fin rendían sus frutos.
Por fin llegaba el lugar que le correspondía en la vida laboral. Y en la vida, porqué no.
Con ese sueño a punto de alcanzar, imaginó las nuevas puertas que se abrían, la gente con la que se codearía de ahora en más, los cocktails e invitaciones a fiestas de sociedad a las que ahora estaría invitada.
Placeres, lujos, champagne, viajes.
No había sido una decisión fácil de tomar pero el hecho de hacerlo de esta manera no significaba que no lo mereciera. Las formas son puras formas, el objetivo es lo que no hay que perder de vista.
Recordó a su madre, que la había criado sola, amasando pan en la confitería del barrio: “cuando quieras algo que nada te detenga”.
In fact, se lo merecía hacía rato y no había podido encontrar la puerta del éxito.
Le había llegado la oportunidad justa en el momento y la madurez indicada para aceptarla, sin prejuicios, sin remordimientos.
Ingresó en la torre Catalinas, piso 20.
Tocó la puerta y esperó. Los nervios le hacían temblar los labios como una jovencita inexperimentada.
“Calmáte” – se reprimió.
La voz gruesa masculina la llamó.
Serena entró.
No, no había una junta para nombrarla en ningún cargo directivo.
Había un amplísimo sofá y las medias de Serena que caían ante la lasciva y aprobatoria mirada del Ceo.
“El puesto es tuyo” – le dijo.
Serena sonrió. Orgullosa.
Una noche de sacrificio para una vida de satisfacciones. Buen precio.
“Conventionality is not morality” –Charlotte Bronte

Compró ese día la morocha de 1.75 y curvas sinuosas llamada Serena, el mejor par de medias y portaligas que encontró en el Patio Bullrich.
Había llegado ese momento tan esperado, anhelado, soñado. Tanto pasar hambre, tanto esfuerzo, tanto amasar pan, tanto tomar el tren con sus manos sudorosas, tanto maquillaje barato,  al fin rendían sus frutos.
Por fin llegaba el lugar que le correspondía en la vida laboral. En la vida, mejor dicho.
Con ese sueño a punto de alcanzar, imaginó las nuevas puertas que se abrían, la gente con la que se codearía de ahora en más, los cocktails e invitaciones a fiestas de sociedad a las que ahora estaría invitada.
Placeres, lujos, champagne, viajes.
Regalos, maquillajes y perfumes caros.
No había sido una decisión fácil de tomar pero sabía que se lo merecía. Las formas son puras formas, el objetivo es lo que no hay que perder de vista. Tomar las oprtunidades que se te presentan. Hoy, mañana puede ser tarde. Nada está tan bien ni tan mal.
Recordó a su madre, que la había criado sola, jutno a 4 hermanos, amasando pan en la confitería del barrio: “cuando quieras algo que nada te detenga, hija”.
In fact, se lo merecía hacía rato y no había podido encontrar la puerta del éxito. Y ahora le había llegado la oportunidad justa en el momento y la madurez indicada para aceptarla, sin prejuicios, sin remordimientos.
Ingresó en la torre Catalinas, piso 20.
Tocó la pesada puerta de roble europeo y esperó.  Los nervios le hacían temblar los labios como una jovencita inexperimentada.
“Calmáte” – se reprimió.
La voz gruesa masculina la llamó, firme.
Serena entró, temblorosa.
No, no había una junta para nombrarla en ningún cargo directivo.
En su lugar había un amplísimo sofá y las medias de Serena que caían ante la lasciva y aprobatoria mirada del Ceo.
“El puesto es tuyo” – le dijo, excitado, mientras su mano sexagenaria subía por su pierna rozando la puntilla.
Serena sonrió. Orgullosa.
Una noche de sacrificio para una vida de satisfacciones. Buen precio.
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post it (parte 2)

1 Ago

Con el correr de las semanas, me fui perfeccionando en las más diversas áreas: cafés, tés, lágrimas,  cortados, capuccinos, descafeinados, todas tareas de alta performance.” Algún día todo esto me va a servir, me está probando”, pensaba.

Pero la Miranda Priestley del subdesarollo que era V., nunca estaba conforme. Mi superyo exigente quería satisfacerla, y siempre trataba de dar lo mejor de mi develando una postura patológica de complejo de cenicienta que por suerte poco a poco iba dejando atrás.

A la vez que me desempeñaba en mis tareas, pasé a asistir simultáneamente al gerente de Ventas, muy cercano al Ceo de la empresa. Primero redactando word for word sus mails, luego al ver que tenía más neuronas de las que él creía, fue dejandome sola hasta convertirme en ejecutiva de cuentas de muchos de sus clientes. Empecé a tomar vuelo, y eso no gustaba a V.

Es así que un día, enojada, llega y me tira su tapado para que lo cuelgue. Yo, al borde de la paciencia, no dije nada.

“Car, voy a recibir a gente, (algunos amigos personales de ella), te voy a estar pidiendo asistencia así que te pido que estés atenta y no te muevas del sector”.

A los 20 minutos, cayó la gente.  Aduladores profesionales, se sentaron y se rieron en su oficina.

Mientras atendía a algunos de los clientes de ventas, por teléfono, ella se acercó y  sin dirigirme la palabra, me pegó alrededor de 15 posts its sobre mi escritorio, monitor, teléfono.

Intrigadísima, fui leyendolos mientras ella, se retiraba. Cada uno de ellos decía “1 café”; otro, “un cortado”, otro “un capuccino” y así.

El gerente de ventas maldijo por lo bajo y me pidió que en cuanto terminara necesitaba que lo ayudara con una meeting importante con clientes ingleses. Mi inglés era el mejor de toda la empresa.

Así que me puse manos a la obra. Con los precarios elementos de la cocina, hice las más exquisitas variedades de cafés, siempre guiandome por el color correcto que yo tenía en mi mente como parámetro de “un buen café”, tal como V. lo llamaba. Salvo que, fui excediendo en altas dosis el color marrón del café, para mitigarlo con altas dosis de leche en polvo. Así llegaba al colorcito deseado. Intomables, yo sabía.

Con una amplia sonrisa fui sirviéndolos. Uno a uno los iba depositando en la mesa.

Les presento a nuestra secretaria, es nueva, pobre_ señaló V. , ante la mirada caritativa de todos.

Me dirigí al despacho de ventas con mi otro jefe y esperé.

Se escucharon algunos gritos de V. y risas por demás.

Mi jefe me sonrió y seguimos redactando mails.

Los pseudo amigos se retiraron a los 10 minutos con V., quien nunca más me pidió un solo café.

“Esta mina no sirve para nada”, escuché.

Y yo fui ascendida a Ventas.

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