Archivo | noviembre, 2009

Diario de Carla, agosto de 2006

15 Nov

Ayer por la tarde tuve un sueño. Últimamente duermo mucho, en cualquier lado, hasta en los que no debo.

Soñé que iba en colectivo, y que había encontrado al amor.

No le veía la cara, pero sabía quién era.

Siempre fuiste vos, yo le decía

Nos habíamos encontrado.

Pero teníamos que escapar y huir de algo terrible que nos perseguía.

El mal acechaba.

Acechaba en nuestras almas, en nuestras conciencias.

Al fin y al cabo eran épocas más que difíciles para Juan y yo.

De repente, corrí.

Y tenía en la mano una jaula con un canario muy amarillo.

Seguí corriendo con la jaula en la mano, protegiéndola.

Y ya llegaba, estaba a punto de llegar. Falta poco, un poco más.

Pero a medida que corría, la jaula se iba rompiendo, y el canario se iba amarronando, secando.

Hasta que llegue a una cima. Miro hacia abajo, y había muchas escaleras por bajar.

Ya llego, ya llego. Iba rápido, rápido, como si más rápido haría que el proceso de detuviera.

Adónde llegaría para salvar al canario?

Seguía para abajo matando escalones.

La jaula se rompió y se me cayo el canario

El canario estaba patas para arriba, y ya estaba por cerrar los ojos.

Y cayo encima de un águila o cóndor, no pude distinguirlo

El águila empezó a abrir los ojos.

Y me quede mirando la muerte venir, sin hacer nada, sin poder hacer nada, paralizada

No pude llegar, no pude salvarlo. Se fue sin mí.

Lo que no me di cuenta es en qué momento empecé a correr sola.

La pérdida de un bebé

VER http://www.geosalud.com/embarazo/aborto_espontaneo.htm


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clase de fotografía

12 Nov

Cuando un rayo incide sobre la lente paralelamente al eje, el rayo emergente pasa por el foco imagen F’. Inversamente, cuando un rayo incidente pasa por el foco objeto F, el rayo emergente discurre paralelamente al eje. Finalmente, cualquier rayo que se dirija a la lente pasando por el centro óptico se refracta sin sufrir ninguna desviación.

Mi amiga Malu está trabajando en un proyecto de fotografía.

El domingo pasó tiempo  explicándome el tema del enfoque, del lente; me explicó como tenía yo que aprender a jugar con primeros planos y perspectivas, fondos diversos. Y para probar me recomendó usar un muñeco de trapo para jugar con él siempre en primer plano y ubicarlo en distintos fondos, haciendo focos, a veces el fondo, a veces el muñeco.

Hoy jugué a los planos, sin querer.

Era el día para el que trabajamos tanto. Había  butacas y alfombra roja.

Y perdimos.

Sin embargo, no me pasó nada. No se cayó el mundo, no lloré ni me deprimí.

No acusé al destino, a la mala suerte serial, ni me estigmaticé.

A veces todo es cuestión de focos y ajustar el lente.

Porque lo que pasaba en el escenario no era importante, era un fondo aleatorio, porque lo que pasaba abajo del escenario era el foco.

El muñeco de trapo estaba en la butaca sentado al lado mío, furioso, y preocupado. Porque el premio habría sido un buen regalo y una buena lección en el arte de cincelar.

Para que yo me sintiera bien, porque sabe que me gusta ganar, por todo lo que significó este trabajo.

El sacrificio de las horas juntos, las energías, la amistad … Porque perdimos frente a grandes capitales multinacionales y equipos reales, ante nuestro esfuerzo raquítico de a dos y de bajo presupuesto. Lo que los hace simplemente, mejores que nuestro caso.

Lo que no invalida la desigualdad de condiciones.

El muñeco de trapo es de trapo, valga la redundancia, y no puede decir. Sus ojos no obstante me expresaban lo que no me hablaba, mortificado.

Preocupado el por mi y yo por el, la dialéctica era una encerrona sin salida.

No me sentía sorprendida, ni desilusionada. Mucho peor, mucho más grave.

Le dije:

“… quizás  estoy acostumbrada, y por eso no me siento mal. Acostumbrada a no ganar”, suavicé, helada, casi muerta.

Una respuesta de mierda, escapista, maldita, analítica. Y sin embargo, bastante sincera.

El veía el fondo de la escena, detrás del telón, los ganadores festejando, marcando mi falta de atención en lo que sucedía sobre el escenario.

Yo mientras veía al muñeco del primer plano, preocupado, porque no había podido cumplirme el deseo.

La gente festejando, feliz, de fondo no me parecía algo nuevo. Ya pasé festejos similares donde yo estaba en la butaca. No me duele ni me conmueve ya.

El muñeco de trapo no tiene tanto expertise en la materia.

En eso yo le saco ventaja.

Pero lo que él no sabe es que yo algún día estaré sobre el escenario también, festejando, y él también, calculo, feliz, viendo desde la butaca.

A veces pienso que  algunos estamos siempre fuera de foco un ángulo tan mínimo que no nos  hace perder totalmente la escena principal, sino mirarla  de costado.

Sin embargo no ceso en la búsqueda de perfeccionar mi técnica de ajustarme a mi misma al lente y corregir el rumbo o maximizar el ángulo para al menos no ver de lo que me pierdo.

Diario, tierras griegas

11 Nov

“To be in love is merely to be in a perpetual state of anesthesia – to mistake an ordinary young man for a Greek god or an ordinary young woman for a goddess”

Dioniso tuvo un nacimiento inusual que evoca la dificultad de encajarle en el panteón olímpico. Su madre fue una mujer mortal, llamada Sémele, hija del rey Cadmo de Tebas, y su padre Zeus, el rey de los dioses. La esposa de Zeus, Hera, una diosa celosa y vanidosa, descubrió la aventura de su marido cuando Sémele estaba encinta. Con el aspecto de una anciana (en otras versiones de una nodriza), Hera se ganó la amistad de Sémele, quien le confió que Zeus era el auténtico padre del hijo que llevaba en el vientre. Hera fingió no creerlo, y sembró las semillas de la duda en la mente de Sémele, quien, curiosa, pidió a Zeus que se revelara en toda su gloria como prueba de su divinidad. Aunque Zeus le rogó que no le pidiese eso, ella insistió y él terminó accediendo. Entonces Zeus se presentó ante ella con sus truenos, relámpagos y rayos, y Sémele pereció carbonizada. Zeus logró rescatar al fetal Dioniso plantándolo en su muslo. Unos meses después, Dioniso nació en el monte Pramnos de la isla Icaria, a donde Zeus fue para liberarlo ya crecido de su muslo. En esta versión, Dioniso tuvo dos «madres» (Sémele y Zeus) antes de nacer, de donde procede el epíteto dimētōr (‘de dos madres’), relacionado con su doble nacimiento.

La agenda era nueva. El calendario, sin estrenar. Corrían los primeros días de niebla londinenses.

Oxford fascinaba majestuosa. Liverpool y The Cavern aguardaban y los viejos compañeros de escuela de Paul nos esperaban con el cafe caliente todas las tardes, a dos cuadras de la catedral anglicana, que se alzaba altiva y tenebrosa.

Tachando cada día emprendimos el recorrido por 9 países con mi amiga Lola. Disfrutaba al fin poder asir, pisar, tocar, admirar, respirar esas tierras, monumentos soñados. De 20 años, ya manifestaba mucha curiosidad por las artes y la historia.

En Londres taché: 85 días menos, para ver a Mariano, entre famosos de cera.

En Bélgica, borré: 80 días menos para ver a mi amor. Brujas medieval de fondo.

En Holanda, me tatué y me teñí, fumé, y entre coffe shops, sex shops y red windows llamaba a Mariano. Minus 75.

En Francia, recorrimos los bares con el papparazzi y el guardaespaldas de Madonna, y nos extrañábamos con hambre. Desde la torre Eiffel lo llamé y suspiramos. En Notre Dame me saqué esa foto que envié usando por primera vez el Hotmail. Me compuso dos temas y me envió un cassette resumiendo nuestra historia de amor.

El walkman latía en Cannes, en la puerta de Chanel, donde solo fuimos para ver donde Meg Ryan y Kevin Kline se habían enamorado en French Kiss. Ya romántica incurable.

Menos 70 días. Cada vez falta menos.

En Mónaco nos pasaron a buscar con limo y navegamos con amigo de papá por el mar azul simulando millones y suspiré por su belleza.

Mariano te extraño. El teléfono era eterno. Imaginábamos el reencuentro. Mi soledad y yo, de Sanz, nos musicalizaba.

En Italia morí de amor por toda ella. Italia me conmueve siempre. Lloré frente a La Última Cena en Santa María Della Grazie, metí la mano en La Bocca de la Veritá. En la Fontana Di Trevi me prometí volver un día con el amor, lanzando la moneda hacia atrás. En Venecia me enfermé y vomité en el convento de las monjas, quienes a las 20 hs ya nos enfilaban a dormir. A oscuras con una pequeña linterna bajo las sábanas, le escribí esa carta.

Para Pompeya no teníamos tiempo, Grecia reclamaba llegar lo antes posible, atrayente.

El  barco salió de Brindisi rumbo a Grecia, y lo conocí. El primer enrosque de mi vida. El primer giro de 360º. Tras 4 años de noviazgo estable, sin muchas peleas, otro había capturado más que mi atención.

No le dije nada a Lola, pero se dio cuenta. Me mentí, no le podía hacer esto a Mariano. Qué me pasa. No me salían más las mismas palabras.

Y Mariano musicalizó mi desaparición en la Europa de mis sueños. Intuía que otro me había robado en Grecia. La yo de Italia sonaba muy distinta dos días después al entrar a la cuna de la civilización.

Como si el influjo de los dioses y sus pasiones tormentosas, celosas, fugaces me hubieran capturado, me dejé seducir por Atenas, Santorini, Mykonos y el Dionisio uruguayo que se había aparecido de repente en la agenda.

La agenda quedó vacía y desolada de palabras, pero sobre todo de tachaduras.

diario, primer amor

10 Nov
Only the deepest love will persuade me into matrimony”
 
Elizabeth Bennet- Pride and Prejudice


...

Diario, julio de 1997

…Y me acompañó en la bici violeta. Salíamos de nuestras obligaciones parroquiales, ingenuos, tímidos. Él con su bici, yo con mis calzas cortísimas al borde del escándalo y mi buzo estilo hockeyano. Hace un año ya de nuestra amistad. Cada vez lo extraño más.

“Me gusta mi mejor amigo. Esto es un drama. No me va a dar bola nunca”_ dije  a Vera.

“Nena, está con vos, no te das cuenta como te mira?

“Todas están enamoradas de él” Justo a mi?

“Si nena, está con vos. Todos lo sabemos menos vos. El otro día casi se mata a piñas con J.”

“Pero eso es por amistad”

“Pleaseeee, so naif”

Siempre mis amigas creyeron más en mí que yo misma, esto se iría marcando con los años. El examen de realidad no me confirmaba los hechos.

Hasta que ese día, domingo, en el bar de la esquina, mientras le temblaban las rodillas, me pidió de salir.

Si, le dije emocionada.

“Sos el equivalente a mi felicidad”_ tiró al aire, como si nada,  sin poder sostener la mirada.

Pero de la teoría, del bla bla,  no pasaba al acto. Me llevó a casa, y no me daba un beso. Yo nerviosa, crecía mi irritación.

“Estamos saliendo! No me vas  dar un beso?”_ lo increpé.

Se puso rojo.

Entonces el beso se lo di yo.

Años después, ya novios comprometidos, me confesó “nunca te voy a perdonar cómo me avanzaste” “pero quiero estar con vos toda la vida de todas maneras, aunque seas tan atrevida”

Mariano, mi primer amor. El del aprendizaje inocente, el del compañerismo desmedido.

A quien dejé en Ezeiza una mañana de enero rumbo a la Europa de mis sueños, en lágrimas, con promesas de extrañar.

No sabíamos que mi sed de aventura y de buscar nuevos horizontes, de crecer, de aprender, eran más fuerte que mis dudas.

No sabíamos que nuestras edades y el contexto de rigurosidad de clanes y elites en los que habíamos crecido condicionaba, al despertar de ese mal sueño, nuestra sed por buscar “algo más”.

No sabíamos que las tierras griegas traerían efectivamente una tragedia dionisíaca con nombre masculino.

No sabíamos que, al regreso, seríamos dos perfectos y completos extraños.

La malévola y tramposa influencia bennetiana de la infancia.

4 y 9

9 Nov

“Again, you can’t connect the dots looking forward; you can only connect them looking backwards. So you have to trust that the dots will somehow connect in your future. You have to trust in something — your gut, destiny, life, karma, whatever. This approach has never let me down, and it has made all the difference in my life.”

Steve Jobs, Commencement speech, Stanford University, 2005.

Hoy venía manejando de casa de mis padres y escuchaba la radio.

Hablaban de una investigación de una Universidad europea o americana muy prestigiosa, realmente no recuerdo cual, donde concluían que se ha comprobado que las personas que invierten tiempo en un aprendizaje paulatino, si bien tienen momentos de alta tensión, de estrés,  dolor y depresión, luego son más felices al alcanzar lo que se han puesto como meta, porque consiguen en 9, un 10..

Por el contrario, que aquellos que no invierten en tal aprendizaje, por considerarlo demasiado costoso, riesgoso, sacrificado, incómodo, no sufren tanto en el interín,  pero alcanzan según este estudio un 4, 5, en materia de felicidad.

Me reí mucho.  Lógico y bastante de sentido común. Parece, al menos en apariencia. Realmente es taaan del sentido común? Luego recordé sobre mis matrices.

Hace poco estuve trabajando en un proyecto de estrategias comerciales. A los Potter,  Fodas  y matrices de rigor, se le sumó una evaluación de escenarios (proyecciones a futuro a partir del diagnóstico de la situación actual) con la correspondiente sucesión de acciones posibles para cada escenario.

Teníamos así 3 escenarios. Cada escenario se medía en grado de riesgo e impacto. Así también el otro vector que cruzaba verticalmente era el de Factibilidad.

Luego, para cada escenario, había 3 caminos posibles:

Un camino conservador, tímido, cero innovación, con bajas inversiones y pocos cambios estructurales.

Un camino intermedio: de cambio, pero que no generan saltos cualitativos sino solo dentro de una misma estructura. El típico Maquillaje con poco cambio real, para conformarse uno y el resto. Inversión media.

Por último, un camino de metamorfosis: cambios radicales, alta inversión, una jugada en el casino.. Arriesgado, de alto impacto. Que puede salir mal. Que puede salir esplendorosamente bien.

Para cada uno de estos caminos se analizaban obviamente los riesgos y beneficios de tomar cada uno.

Me doy cuenta que soy de las del tercer grupo.

What? Si.

Hoy me encuentro sola, sin pareja. Me he culpado a mi misma mucho por esta situación. Mis exigencias, altísimas. Realmente lo son?

Pero analizando para atrás, puntuando hacia atrás como recomienda Steve Jobs,me doy cuenta que  siempre he analizado cada escenario y sus proyecciones, como analista que soy, así en psicoanálisis, así en el marketing, así en la vida.

Me he encontrado con tipos muy poco arriesgados, que si bien no entrañaban riesgo alguno de quedarme sola, sí proyectaban a largo plazo una gran infelicidad. Tipos con alto riesgo también, de quedarme insatisfecha de por vida. Tipos jodidos, que dañaban mi amor por mi misma. También tipos de bajo riesgo, buenos tipos, pero que no podrían en un escenario futuro acompañar la evolución que yo quería.

Porque en mi diagnóstico yo no era la mujer que quería ser. Tampoco sabía bien cómo quería aún serlo, pero sí sabía que no podía tomar decisiones de por vida en tal estado de inmadurez.

Porque lo que mas vale es proyectarse a una misma.

Quien quiero ser.

Cuánto quiero aprehender (si con h) del mundo.

Quien quiero que esté a mi lado acompañándome en la evolución.

Cómo quiero que me amen.

Cuánto quiero acompañar la evolución del otro.


Y en esta apuesta, el riesgo es el más alto de todos. El vacío, la desazón, las desilusiones, los chascos, la soledad es de alto impacto. No es para cualquiera.

Pero cuando llega, y espero que si, será seguramente de una belleza enceguecedora.

Que el resultado del aprendizaje de ambos sea un 9. (los 10 siempre me han generado desconfianza)

Como en la escuela, nunca me conformé con un 4. Aunque sí he tardado en aprender.

Porque cuando llegue, ese ser fantástico para mi, yo también habré aprendido y mucho, con todo lo recorrido, y seré el 9 para él.

Habremos conectado los puntos hacia atrás.

Porque “You´ve got to find what you love“, Jobs says.


ex modelo 1

5 Nov

“The devil has put a penalty on all things we enjoy in life. Either we suffer in health or we suffer in soul or we get fat.”

Albert Einstein

Ayer estuve de compras. Cada vez que emprendo una limpieza de placard en casa, necesito automáticamente “reparar” tall herida narcisística (análisis?) con unas compritas.

Por lo general me debato entre el ahorro y la compulsión por las compras, aunque con los años he mejorado notablemente mi propia acumulación capitalista.

He descubierto en los últimos 2 meses ese local de las hermanas Rosadas  al costado del río. Harta de los precios de las casas de ropa que no justifican sus costos de ninguna manera, caminando encontré con el tiempo localcitos con buena ropa y donde un pulóver no te sale $1200 ni una remera para laburar $350. Traen ropa de calidad, nacional e importada,  talles de todo tipo, tienen diseño, originalidad y muy buen gusto. (Y trabajo en esto)

Y, pequeño detalle: las chicas que atienden no son perras. (léase bitchs)

Mientras me probaba ropa plácidamente sin temer que nadie me abriera intempestivamente la cortinita al mejor estilo de “Y? como te quedó?”, recordé la última vez que fuimos al shopping con mi amiga Lucero.

Lucero se peleó con su novio el último año. Tras 7 largos años de noviazgo, descubrió no solo que la había engañado sino que además, tenía un bebé de 8 meses a 10 cuadras que mantener.

Tras el shock inicial, y el apoyo de sus amigas, Lucero fue recomponiéndose.

Aunque no sin ningún costo.

Lejos de tomar tranquilizantes o embeber sus penas en jarras de alcohol nocturno, Lucero se dedicó a otra cosa.

Tipo compulsión.

Primero 1, luego 2, luego 4, y hoy lleva en su haber 18. Sin parar, uno tras otro, fue engrosando la lista. O ella misma.

No, no se dedicó a la conquista intempestiva y fugaz de amores de una noche.

18 son los kilos que ganó en este tiempo de penurias, comiendo las penas una tras otra, como si las quisiera enterrar bajo un manto de grasa corporal.

Ese día, mientras me comentaba sus sesiones de diván, recorríamos el vestidor de selecto local de ropa de moda (y de marca).

Nos probamos de todo. Nada le entraba.

Tratando de ayudarla, yo misma he estado en su lugar, buscábamos cortes favorables, pero el tema excedía el corte.

La ropa no entraba, el talle XXL no encajaba.

Lu, desesperada, ex modelo publicitaria, empezó a lagrimear.

“Quizás debieras recorrer los localcitos de la calle Avellaneda”_ sugirió despectiva e irónica la empleada del local, de flequillo recto, lentes de contacto, botox en labios, nariz operada, 45 kilos aprox, jeans ajustados, mientras le sacaba las perchas de la mano.

Lu lloró y cerró la cortina.

Enceguecida no pude evitar decirle:

“valés tanto como querés ocultar, barata”

No son los hombres. (no todos al menos)

Son las minas.

Somos nosotras mismas las que acusamos, señalamos, remarcamos.

Los puntos neurálgicos. Los puntos donde duele.

Por suerte no todas, pero las menos son las que no lo hacen.

Y mientras Lu se recupera de su amor perdido a través de las ingestas desmedidas y sus dietas ciclotímicas, nosotras nos cambiamos de local.

A los locales de las hermanas Rosadas.

Lo único que me hizo prometerle Lucero para ir conmigo fue:

“Por favor nada de contestaciones de novela venezolana a las vendedoras”

dejaré mis sueños de Topacio por un rato…


(continuará)

la loca

4 Nov

Lina es mi amiga hace unos pocos años. Tiene en su check list un buen amor, amigos, fines de semana alegres. Una vida digamos agradable, simple y organizada. Al menos en lo aparente.

Pero Lina sufre. Por él.

Él, alto, apuesto, rubio, ojos rutilantes.

Comenzó siendo, tímidamente al principio, sólo un comentario en terapia. Ahora él abarca los 50 minutos completos de sus gesticulaciones de diván.

También empezó a asomar en las conversaciones de amigas. Creció en espacio, en tiempo, en forma. Y en importancia. Se instaló como un problema cada vez mayor.

Lina los tuvo antes, claro. Algunos fueron copados, otros un poco irritables pero llevaderos, algun que otro baboso, un solo acosador en su haber, un par de maduros que la hicieron crecer y uno (y suficiente) psicópata.

Pero nunca uno como Damián.

No, no es su galán. Ni un atisbo de romance.

Damián E. G. es su jefe.

Damián llega todos los días a la oficina 3 horas más tarde que el horario oficial dadas sus actividades de remo en Puerto Madero, autorizado por la cúpula. Estaciona su auto canchero, y hace su arrival con bolsito de marca yanqui y pelo húmedo, a la vez que exuda perfume caro. Mira a las chicas de costado, sonríe, sintiendo los músculos ceñir su camisa de diseño, y ocupa su lugar.

“Lina, me traés un café?”

Lina lo mira, reprime sus sentimientos. “Debo manejarlo”

Prende la máquina, y le pide a Mirna que le saque unas copias. A Camila que le vaya a chequear si el auto quedó con las luces prendidas. A Leo que arme la reunión de las 16 hs. A Alejandra que le prepare unas llamadas. A Mario que le prepare un informe, y a María que traiga resmas.

Ni las unas sus asistentes, ni los otros diplomados. Todos igualmente calificados y pares en el organigrama. Sin distinción de funciones.

A partir de allí nuestro héroe se dedica a contestar mails con faltas graves de ortografía a distintos sectores de la empresa.

Damián es considerado por la muchachada un “copado”,un “winner”. Conocidos  son sus dones para sostener coimas, arreglos “off the record”, apretadas, gatos delivery…

Damián  además trae todos los días bizcochos de grasa a la oficina. Habla con la boca levemente hacia el costado, no a causa de algún tic particular, sino simplemente por su altanería.

Específicamente con las mujeres.

Especialmente con aquellas clara y evidentemente más capaces que él.

Especialmente con Lina.

Sus compañeras y subalternas son para él claramente seres inferiores, que están bien para atenderlo, cebarle mate, hacerle mandados, sacar fotocopias, pero no para trabajar a su par.

Lina todos los días debe soportar que Damián:

-no la mire a los ojos en las reuniones de trabajo;

-le de la espalda en las reuniones de trabajo;

-ignore sus sugerencias automáticamente en las reuniones de trabajo;

-le mire las piernas en las reuniones de trabajo.

Lina me llamó anoche, desquiciada, sacada, llorando para contarme los últimos eventos.

“Car, cada reunión que tengo es una réplica de Polémica en el bar, donde yo soy la minita que está al costado con la minifalda, expectante, que espera a que le den el lugar para hablar. Cuando tímidamente me quejo, soy tildada de amargada, de que estoy en un mal momento del mes, de que soy pasional, hormonal o directamente desequilibrada. Termino haciendo funciones de secretaria, las que obviamente respeto pero que ya no ejerzo. No puedo obviamente seguir la conversación misógina a la par. No me interesa otro puesto, solo quiero trabajar tranquila y ser respetada”

“Pero hoy, cuando escuché que le había aumentado el sueldo a los hombres, cosa que nos enteramos de casualidad sacando unas fotocopias, me saqué y lo encaré”

“Damián, necesito hablar con vos”, exclamó, mientras sus compañeros la observaban. Se sabía en el radiopasillo la que se venía. Todas la apoyaron.

“Vos nos representás mejor”_ le habían dicho las chicas, animándola, dos horas antes.

“Ahora no Lina”_le contestó Damián.

“Por qué no me mirás a la cara cuando te hablo?” _ increpó a Damián, sin poder contenerse.

Todos giraron para ver a Lina. También la muchachada.

Los pelos revueltos, los ojos rojos, la boca seca.

La típica loca…

“Ja!”, se rió Damián, con la boca levemente torcida. “Primero cálmate, las minas siempre con estos quilombos…”.

Lina miró alrededor, buscando algo de apoyo.

Pero todos estaban concentrados en los bizcochitos de grasa, moviendo el Mouse y bajando la mirada.

Mejor no meterse.

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