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la carnada

16 Dic

“Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”
— Julio Cortázar (Rayuela)

Y entre culpas, y mi primer desvío en la recta trazada por mis modelos geométricos, rígidos, que no admitían ninguna posibilidad certera de bifurcación, me debatía entre el deber y el sentir.

A lo lejos mi primer amor, entre llamados de alto costo, me reclamaba.

Yo, en Atenas, recorriendo el barrio Plaka, con él.

Riendo, abrazándonos, sin que pase nada. Resistiendo, siendo fuerte, entera.

Tomamos el buque a Mykonos, y la magia insistía.

Pero siempre fui una persona de una rectitud complicada y sufrida, al menos hasta mis 22.

Esa mañana, como siempre, desayunamos todos juntos; chilenos, uruguayos, argentinos, él y yo.

Car, venite un segundo, no me siento bien_ me reclamó

Y me contó su historia de desamor belga (siempre internacional la cosa)

Yo caí en la trampa, mostrando empatía, compasión, y todas esas pseudo virtudes piadosas que a veces tenemos ciertas mujeres, buscando consolar. Trampa.

“Y yo le leí el capítulo 7pero no aflojó”

“Qué capítulo 7? De qué hablás nene?”

La carnada picó.

Abrió el libro que tenía detrás, y en el pasillo, me miró intensamente y me lo leyó.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Mientras, el teléfono argentino sonaba, y no atendí, por primera vez.

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