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culpas y valijas

14 Dic

Ramiro me envió el otro día un mail con el siguiente cuento, dedicado a mí. En una suerte de arte terapia, le gusta escribirme textos que me sirvan para reflexionar. En realidad,  reflexionamos juntos. También así forzamos debates para divertirnos un rato.

Vacía

La valija parecía absurda. Así vacía.

Era la más grande. Había lugar.

Ella se había ofrecido, generosa para algunos. Casi había conminado a otros a compartirla. A algunos ni les preguntó, arrebatándole lo que llevaban en la mano. Otros la buscaron, como siempre.

Ahora la arrastraba con grandes dificultades por el andén.

Cuando llegaron al hotel, sus compañeros se agolparon en la puerta de su habitación.

Ella abrió la gigantesca valija, que casi estalló cuando se liberó del último precinto.

Todos se abalanzaron y buscaron lo suyo. Uno a uno se fueron llevando lo que le habían confiado durante el viaje.

La habitación se quedó en silencio

Ella la miró todavía exhausta, los brazos doloridos. Contempló la valija que casi no reconoció. Allá en el fondo la esperaban. Una remera y un par de zapatillas. Lo único que era de ella.

Me enojé.

A que se refería?  Hoy tengo una vida vacía de personas que pasaron y se fueron? Lo miré, defenestrándolo, y se lo dije.

“No me entendiste, como siempre, pensas lo peor Carla. Como voy a pensar eso de vos?  Lo que quiero decir es que, no siempre se trata de responsabilidades y culpas propias. Las personas interactúan. Las decisiones suelen ser más complejas que el simple hecho de recibir o regalar flores, de aceptarlas o rechazarlas. Hay toda una trama detrás de cada si o no que pronunciamos. Sin temor a sentirse menoscabado hay que aceptar que en esta película los roles cambian a cada rato y no siempre nos toca el protagónico, a veces somos actores de reparto. Nadie puede aprenderse todos los guiones ni cumplir todos los roles. No se pueden asumir todos los méritos ni cargar con todas las culpas. El exceso de protagonismo anula a los demás y peor aún nos obliga a cargar en nuestro equipaje las decisiones de otros.”

Mientras meditaba mi respuesta me acordé de mi terapeuta, que insiste en que deje de aceptar culpas que me tiran otros o mambos locos de terceros o de responsabilidades en decisiones de otros que me excedieron.

En que vacíe el exceso de lugares que me enseñaron a ocupar, uno tras otros, supliendo roles flacos, deficientes de otros, en la estructura familiar.

Asumiendo en exceso responsabilidades y queriendo “subsanar” fallas.

(léase también aplicable al ámbito familiar, laboral, de relaciones interpersonales)

Bueno… gracias _ balbuceé, confusa, mientras le servía un mate.

Solo me queda esperar y trabajar en alivianar el peso de la carga que tanto me acostumbré a soportar.

Al fin y al cabo, somos  animales de costumbre.


el rebelde nerd

22 Nov

Hoy los dejo con un excelente nuevo relato de mi amigo Ramiro Lopez, una delicia, que a falta de blog propio, ve la luz en este espacio.

Proximamente publicare una de mis tantas conversaciones con el.

besos desde Brasil!!!

15 segundos

 Era raro. Uno no espera ver su nombre en el diario. La razón es que la mayoría de nosotros salimos en el diario una vez en la vida, o mejor dicho después, en la sección de obituarios. Y la verdad es que uno no espera con ansias la ocasión, y aunque así fuera no puede disfrutar de tan dudosa y fugaz popularidad.

Pero mi nombre estaba en el diario. Clarito. Y no estaba muerto ni mucho menos. Tenía veintitantos y me sentía medianamente saludable y a salvo. Me habían otorgado una distinción como mejor promedio nacional de mi carrera. En un escueto comunicado, la rectora me lo había adelantado, pero fiel a mis principios (y a mis limitaciones), no me había dejado impresionar y lo había comentado en casa con toda la naturalidad de que soy capaz. Y cuando digo naturalidad, piensen en el más insípido yogur descremado con cereales. Así soy yo, pero sin cereales.

De todas formas estaba al tanto de lo del diario, porque durante la mañana había recibido una colección de llamados al respecto. Siempre había sido el crédito de la familia (es un milagro que no se fueran a la bancarrota con semejante aval) y los festejantes se ocupaban de refrendarlo con toda clase de odas a mi supuesta inteligencia, aparentemente mensurable en números con decimales. Estaba acostumbrado a la lisonja fácil (es fácil felicitar cuando siempre te va bien) pero era y soy completamente inmune al elogio. Como dice una amiga, muestro un cierto“rechazo a los halagos” que a mi entender son una especie de opio sonoro que te duerme de a poco y te pasa factura un rato más tarde cuando se acaba la canzonetta y te quedás solo con tus cuitas. Marea tanto como la cerveza, pero cuando se te pasa el boleo, te duele algo más que la cabeza.

Me dispuse a enfrentar mi súbita popularidad, empalagosa y espesa como el dulce de leche, con gesto adusto y amargo. Como para la balancear los sabores…

El día transcurrió con toda  normalidad…. En el laburo empapelaron las carteleras con mi cara (recursos humanos siempre tuvo mal gusto) y no pararon de palmearme y felicitarme. Venían de todas partes, como hormigas. A algunos no los había visto en mi vida, pero parecía que ellos me conocían desde siempre. Mantenía como es de costumbre esa expresión de disgusto disfrazado de mueca que es tan simpática para los tontos y que algunas mentes perceptivas tan caras como escasas interpretan en cambio como falsa modestia. Y trataba de seguir trabajando, que al fin y al cabo es a lo que iba hasta los confines de la civilización de lunes a viernes. Para agasajo, ya tenía los mi barrio y la familia, y créanme que me bastaban. Pero había más.

Aquel día tan popular e inolvidable iba tener su corolario en la facu. No era habitual que llegara tarde. Pero aquella jornada los astros se conjugaron en mi contra. Eran las 7 y cuarto y todos estaban adentro. Cuando digo todos, quiero decir TODOS. Si hasta me pareció que el impresentable de Manzanares  (un personaje que asistía a clases de riguroso pantalón de jogging y ojotas) o la inquietante Greta Schubert (una misionera cuasi perfecta que se sentaba del otro lado del aula….bien lejos como a mí me gusta) que habían abandonado en primer año la carrera se habían hecho un tiempito para ir a recibirme… El aplauso cerrado me paró en seco cuando entré silencioso, cabeza gacha, dispuesto a zambullirme en el primer banco, que para mí sabía a trinchera salvadora. No quedó otra que saludar y agradecer y todo lo demás. El gordo Perez Balmaceda me miraba desde el estrado. Justo éste, pensé. Su diatriba duró una eternidad. Una vez más mi inefable cara de disgusto disfrazado hizo aparición. El gordo se quedó contento. Siempre le caí simpático y además supongo que lo salvé de dar clase.

Como las malas noticias nunca vienen solas, a los pocos días un señor de riguroso traje entregó en mano una invitación en un sobre cerrado y lacrado con el escudo en relieve.  Anunciaba lo que preveía. Salón Blanco, tal día a tal hora. El último paso hacia el abismo: ceremonia de premiación en la casa Rosada.

Aquel día decidí acelerar el paso, como cuando adelantás una película. Vi pasar a ráfagas a Menem y a media docena de tipos que mutaron de ministros a procesados unos años después. Había dos filas completas de nerds como yo, de todas partes del país. Me senté cerca de una futura odontóloga mendocina que afortunadamente no se parecía en nada al cliché de la buena estudiante. Por lo menos, pensé, hoy me tocó cerca… Todo pasó rapidísimo (por lo menos así quiero recordarlo) y cuando quise acordar andaba subido al escenario, con un diplomita en la mano, dispuesto a la foto final (si final!!!) Aproveché para hacer mi maldad de rigor, y mientras todos se codeaban para acercarse al centro, donde el Turco brillaba con su mejor traje, me puse en cuclillas y apoyé la mano entre las piernas, como acariciando una pelota imaginaria. Mientras el resto de los mejores promedios del país miraban fijo al frente, de pie, inalcanzables, meritorios, la foto me inmortalizó en la típica pose futbolera. Todavía me divierte imaginar el retrato conjunto enmarcado en el estudio de un importante abogado de Córdoba o en el escritorio de un diplomático de carrera. Lo mejor de cada casa, posando para lo posteridad, oteando el futuro, y a un costadito agachado y fuera de contexto el 4 de Almagro…

Salté del estrado y enfilé para el pasillo, dispuesto a escapar de esta persecución que se había prolongado quince días. Y ahí me esperaban.

El tiempo, mi tiempo empezó a correr. Tres pares de ojos me observaban, brillantes o mejor dicho brillosos., emocionados. Por primera vez desde que habíamos empezado con esta farsa, se me anudó la garganta. Despacito me acerqué, contando mentalmente, aflojando el nudo de la corbata en un vano intento de recuperar la compostura. Mis viejos y mi novia me miraban fijo, como extasiados.  Sonreí ya más relajado y me fui acercando. El tiempo se acababa. Los abracé y no les dije nada. 15 segundos exactos. Mis quince segundos de fama.

el de las causas perdidas

28 Oct

Mi amigo Ramiro López (así se autodenomina, amistad que nunca certifiqué ISO) se digna a veces de escribir cuentos bastante estrafalarios, no por ello menos enigmáticos y que disfruto mucho.

Voy a ocupar una parte de este blog, para postear estos relatos que NO SON de mi autoría (su calidad es superior) para darles un espacio. Vale la pena que tengan un lugar en la blogosfera aunque así el no lo prefiera y, que las bondades de internet se encuentren al alcance de todos…

HUELLA, octubre 2009

“No todos nacen para dejar huella”
Disparó. A quemarropa.
Desde el pasillo recibí la perdigonada verbal. Parapetada detrás de su escritorio, sin siquiera levantar la vista cuidadosamente velada por unas gafas, sentenció, o mejor dicho condenó a media humanidad a caminar en el aire para siempre. No creo que fuera para mí (no es garantía lo que yo crea) pero cuando uno dice algo sin mirar a nadie en particular, es porque es para todos en general. Además como todo acto de terrorismo (en este caso intelectual) no hay distinción entre culpables e inocentes, todo se resume a lograr el efecto deseado.
Pasé de largo, sin decir nada, como casi siempre. Posé la mano sobre una pila de papeles, toqué una muestra , otra, pregunté algo intrascendente, en un ritual estudiado que me permite ganar tiempo cuando estoy tomando una decisión. No era cuestión de iniciar una discusión en el pasillo, así que me retiré despacio, protegiendo lo que quedaba de mi investidura (soy el jefe de 8-17) ya bastante deshilachada como para perder una vez más.
Me senté frente a la pantalla y abrí un archivo cualquiera. Me preparé a masticar, casi a rumiar la cuestión. Como todas las cosas que no te gustan, se tragan rápido y se digieren despacio. No vaya a ser que se repitan.
Dejar huella… ¿Quién puede afirmar que hay personas que heredan como un título nobiliario esta capacidad? ¿Cómo se puede sostener que hay gente condenada a la ingravidez de por vida? ¿Como se define una huella como algo que uno tiene o no, deja o recoge a voluntad? Una huella no es algo propio que se dispensa a voluntad o se añora con la ñata contra el vidrio como rezonga el tango.
Una huella es algo compartido. No hay título de propiedad para guardar en la caja fuerte ni juicio de divorcio capaz de dividir semejante bien ganancial. Una huella es una cuestión de dos. No es casualidad que cuando alguien piensa en una huella tienda a poner el foco en el que pisa  y no en la superficie sobre la que camina. El mundo en el que vivimos deja la reflexión y la contemplación para los libros de autoayuda y las filosofías orientales, y entroniza a la acción. El que pisa vale, la otra parte se da por sentado que está y va a estar siempre. Da lo mismo, no cuenta. ¿No cuenta?
Pasemos a lo fáctico (mi especialidad) Un gusano, raza cuyo máximo aspiracional en vida es transformarse en carnada, es capaz de dejar huella, cuando la tierra húmeda, viva,generosa, lo recibe. En el otro extremo tenemos al mármol, superficie cara e impávida asociada a un concepto de eternidad más relacionado con no haber vivido nunca que con pasar de una vida a la otra. Por algo es el revestimiento preferido en Chacarita y Recoleta. Ni una estampida de elefantes puede arrancarle mas que el brillo durante un rato. Uno puede pisarlo, patearlo, puede gritarle y hasta romperlo a martillazos. Pero es difícil que acepte una huella. El actor cuenta, pero no decide, la superficie tiene siempre algo que decir o que callar.
Por lo tanto, ningún individuo puede dejar una huella sólo. No es una capacidad individual. Tampoco es una incapacidad que se pueda declarar unilateralmente. Nadie razonable puede decretar “yo no nací para esto”. Es cierto que habrá duplas con enormes dificultades para generar huella. Definitivamente. Pero siempre hay otras combinaciones posibles. Es matemáticamente improbable que alguien pueda demostrar la completa inexistencia de un par, de su par . Tendría que agotar todas las posibilidades de combinatoria posibles y recién entonces habría certeza. O casi…
Si Miguel Ángel o Donatello  hubieran sobrevivido hasta nuestros días y hubieran leído este divague hasta este punto, hace un párrafo que estarían levantando la mano para darme su opinión, indignados. Siempre hay alguien distinto, uno con el arte suficiente, capaz de insuflar vida al mismísimo mármol, a golpes de cincel, con paciencia y pericia. La matemática de las probabilidades no agota el tema. Siempre hay resquicio para un imprevisto, para lo inesperado. Cada mármol tiene su artista…
Sonó el teléfono y volví y dejé al imaginario Miguel Àngel con la palabra en la boca.
El negro alcahuete de mi protector de pantalla me delataba. Moví el mouse  mientras despachaba al inoportuno del teléfono con una sarta de monosílabos. Interrumpí la rumia.
“Llueve”. Dijo un desocupado consuetudinario que ni siquiera disimulaba como yo mirando la pantalla.
Supongo que me envalentonó la lluvia y la idea de la tierra húmeda, viva y receptora. O quizás fue el papel de abanderado de causas perdidas que nunca superé del todo (siempre me quedó la duda si me elegían o me postulaba sin querer). Me paré dispuesto a vender caro los harapos del disfraz prestado de 8 a 5.  Nadie podía ver el grueso fajo de argumentos que tenía preparado para la terrorista de las gafas. Iba a apelar la condena un poco por mí y un poco menos por el resto.
Me vio venir. No se sorprendió cuando me apoyé en su parapeto.
Pero ni siquiera ella se dio cuenta. Nadie repararía en el detalle.
Las botas de lluvia y el cincel en la mano.
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