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post it (parte 2)

1 Ago

Con el correr de las semanas, me fui perfeccionando en las más diversas áreas: cafés, tés, lágrimas,  cortados, capuccinos, descafeinados, todas tareas de alta performance.” Algún día todo esto me va a servir, me está probando”, pensaba.

Pero la Miranda Priestley del subdesarollo que era V., nunca estaba conforme. Mi superyo exigente quería satisfacerla, y siempre trataba de dar lo mejor de mi develando una postura patológica de complejo de cenicienta que por suerte poco a poco iba dejando atrás.

A la vez que me desempeñaba en mis tareas, pasé a asistir simultáneamente al gerente de Ventas, muy cercano al Ceo de la empresa. Primero redactando word for word sus mails, luego al ver que tenía más neuronas de las que él creía, fue dejandome sola hasta convertirme en ejecutiva de cuentas de muchos de sus clientes. Empecé a tomar vuelo, y eso no gustaba a V.

Es así que un día, enojada, llega y me tira su tapado para que lo cuelgue. Yo, al borde de la paciencia, no dije nada.

“Car, voy a recibir a gente, (algunos amigos personales de ella), te voy a estar pidiendo asistencia así que te pido que estés atenta y no te muevas del sector”.

A los 20 minutos, cayó la gente.  Aduladores profesionales, se sentaron y se rieron en su oficina.

Mientras atendía a algunos de los clientes de ventas, por teléfono, ella se acercó y  sin dirigirme la palabra, me pegó alrededor de 15 posts its sobre mi escritorio, monitor, teléfono.

Intrigadísima, fui leyendolos mientras ella, se retiraba. Cada uno de ellos decía “1 café”; otro, “un cortado”, otro “un capuccino” y así.

El gerente de ventas maldijo por lo bajo y me pidió que en cuanto terminara necesitaba que lo ayudara con una meeting importante con clientes ingleses. Mi inglés era el mejor de toda la empresa.

Así que me puse manos a la obra. Con los precarios elementos de la cocina, hice las más exquisitas variedades de cafés, siempre guiandome por el color correcto que yo tenía en mi mente como parámetro de “un buen café”, tal como V. lo llamaba. Salvo que, fui excediendo en altas dosis el color marrón del café, para mitigarlo con altas dosis de leche en polvo. Así llegaba al colorcito deseado. Intomables, yo sabía.

Con una amplia sonrisa fui sirviéndolos. Uno a uno los iba depositando en la mesa.

Les presento a nuestra secretaria, es nueva, pobre_ señaló V. , ante la mirada caritativa de todos.

Me dirigí al despacho de ventas con mi otro jefe y esperé.

Se escucharon algunos gritos de V. y risas por demás.

Mi jefe me sonrió y seguimos redactando mails.

Los pseudo amigos se retiraron a los 10 minutos con V., quien nunca más me pidió un solo café.

“Esta mina no sirve para nada”, escuché.

Y yo fui ascendida a Ventas.

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