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Sin hinchazon no hay paraiso II

14 Ene

Muchos de los comentarios que recibi en el post anterior, ya sea a través del blog, Facebook o Twitter, tuvieron que ver con la identificación con el aumento de kilos, lo cual no era en si la esencia del post.

Algunos de los comentarios fueron algo asi

“Te re entiendo, me siento una vaca, super hinchada todo el dia”

“No quiero salir de noche”

“Cancelé una cita porque no me gustaba como me quedaba la ropa, y el chico me super gustaba, me iba a rechazar”

“Te super entiendo, tenemos que perdonarnos”

Lo más gracioso de todo es que gran parte de estas mujeres, lejos de lo que uno podría pensar, no son ni siquiera gordas.

Muchas de ellas son hermosas, se ocupan de si mismas, van al gimnasio, van pasando de moda en moda en lo que a actividad y técnicas de gym se refiere: Vamos con Curves, con Pilates, y ahora a full con Power Plate.

Sesión de electrodos para tonificar, o directamente compra en cuotas del aparato.

Masajes reductores.

Esteticistas.

Pastillas para adelgazar

Compras compulsivas en dietéticas.

Trastornos alimentarios y la consiguiente inversión en terapia, nutricionistas.

La búsqueda puede parecer a simple vista estética, pero tiene más que ver con una sensación física y con una meta social.

Aun así, el resultado es el mismo: insatisfacción.

Que se comprenda que me parece genial estar bien, pero cuanta demanda y autoexigencia nos hace olvidar el disfrutar.

Sentirnos livianas, estar flacas y lucir bellas, por fuera, parecería que muchas veces solo se logra sintiéndose miserables por dentro.

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Luli y su papá

29 Nov

…continuación de post :  Ex modelo 1

A father is always making his baby into a little woman.  And when she is a woman he turns her back again”  ~Enid Bagnold

Arremetí contra Luli diciéndole la clásica:

“No te preocupes por estas yeguas resentidas, la apariencia física está sobrevalorada”

“El que te quiere te va a querer así, con 18 kilos más o menos, esto no suma. El resto es cotillón”

“El mejor sexo de mi vida lo tuve con kilos demás, con eso te digo todo”

“Ya te vas a poner diosa de nuevo. Y linda sos igual”

Yo sabía que en realidad no le importaba tanto su sobrepeso como su malestar interior, y cómo este se expresa siempre afuera. Y no obvio lo importante que es para todas sentirnos lindas. Es intrínseco a lo femenino. No está atado a un número en la balanza. Sino a la correspondencia entre interior y exterior. Pero a veces solo hay que contener y hacer refuerzo yoico.

Luli me dejó en el bar y se dirigió a su terapia.  Tiró el bolso sobre el diván, sin poder refrenar las lágrimas y le contó, alterada, Word for Word, a su terapeuta, el episodio en el local del shopping.

Extendiéndose en por qué, aún ya recuperada de su relación nefasta con ese ex que la dejó así, no podía sostener una dieta.

“No puedo volver atrás”- Tiró, agitando las manos sobre el diván.

“A medida que me abandonaba, yo ganaba peso”

“Cómo puedo compensar, siento que estoy pagando algo a veces”

Los que somos licenciados en psicología nos regocijamos en las palabras que uno escucha a través de la asociación libre, sobre todo sin diván de por medio, todos los días, a todas horas.

“Luli, como bien dijiste no podés volver el tiempo atrás. No podés hacer todo distinto, no podés recuperar lo que perdiste. No se compensa el pasado. No se paga ni se compensa en la balanza ganando kilos ni sumando penas ni culpas. Tenés que asumir el presente para reconstruir el futuro. Las personas viven sosteniendo presentes inexistentes” _ hizo la intervención terapéutica la psicóloga.

Luli en silencio. Las palabras no salían. Los pensamientos la avasallaban.

La famosa distancia entre el pensar y el decir de Freud.

“Luli, decí lo primero que se te ocurra, aunque creas que no tiene que ver con nada”

“Papá y yo fuimos al río hace 10 años”_ escupió.

“si…”_ te escucho.

“ Papá y yo éramos bastante unidos antes. Yo de chica esperaba siempre la hora a la que llegara. Era como mi salvador. Del aburrimiento diario, del tedio, del abandono. De la dictadura, de la frustración. Era mi hora favorita del día, su llegada, y salía corriendo a abrazarlo. A partir de ese momento, todo era felicidad. Un Edipo de mierda. Yo siempre, en el fondo, sentía un poco de lástima por él. Sentía que el hacía todo por hacernos felices, notaba ese esfuerzo extra por contentar a mamá, por hacernos reír, como una dosis de esfuerzo innecesario que yo no compraba, a pesar de ser muy chica”

“Entonces, lo obvio. Quería colaborar con el. Mi amor por el, hizo que poco a poco yo ayudara en la farsa, con mi sonrisa. Sonrisa que el siempre elogiaba, sosteniendo la escena de familia perfecta con mis dientes blancos, mis labios de frutilla y mis ojos de distinto color. Ahora que me acuerdo, se me cruza una imagen”

“Cuál?”

“El bautismo de mi tercer hermana. Mamá tenía uno de sus berrinches, egoístas, incomprensibles. Inmaduros. Sin justificación, que años después entendí que eran ataques de frustración. Se había enojado por una boludez, y todos teníamos que correr atrás de ella. Empañó todo el festejo. Toda la alegría. Porque ella misma no puede disfrutar. A mis 8 años recuerdo sentir, realmente sentir que mamá era más chica que yo. Lo que estaba mal, muy mal. Yo estaba enojada con ella, porque tenía que arruinarlo todo. Si la farsa estaba bien. Claro que en esa época yo no pensaba que era una farsa.”

“Sacaron la foto, y aun hoy la tengo en mi agenda. Si la vieras…es tan clara…

Mi sonrisa perfecta, tomando a papá de la mano.

Papá sonriendo, adecuado, justo, ubicado.

Mamá y mi otra hermana, con la peor cara.”

“10 años después, papá me llevó al río, me pidió disculpas. En su modo errático. Yo no entendía nada.”

Papá no es de pedir disculpas ni de muchas palabras.

“Yo que quería protegerlas, aprendí tarde, que no se puede proteger de todo, que yo no era suficiente. Que todo, absolutamente todo se paga.  Pero lo que no sabía, es que ibas a pagar vos. Ocupando lugares que no te corresponden, queriendo compensar, funciones que no te atañen, sosteniendo mi infelicidad.

“Papá, yo soy feliz, no te preocupes por mi”_ dije, autòmata y bien aprendida.

“Le Sostuve la mano, con la mirada fuerte y sonreí. Papá ama mi sonrisa.”

“Compensando su vida con la mía. Pagando su precio por mi felicidad”_ hilaba Luli sobre el diván, comprendiendo, abriendo los ojos.


Al lunes siguiente Luli empezó la dieta.

ex modelo 1

5 Nov

“The devil has put a penalty on all things we enjoy in life. Either we suffer in health or we suffer in soul or we get fat.”

Albert Einstein

Ayer estuve de compras. Cada vez que emprendo una limpieza de placard en casa, necesito automáticamente “reparar” tall herida narcisística (análisis?) con unas compritas.

Por lo general me debato entre el ahorro y la compulsión por las compras, aunque con los años he mejorado notablemente mi propia acumulación capitalista.

He descubierto en los últimos 2 meses ese local de las hermanas Rosadas  al costado del río. Harta de los precios de las casas de ropa que no justifican sus costos de ninguna manera, caminando encontré con el tiempo localcitos con buena ropa y donde un pulóver no te sale $1200 ni una remera para laburar $350. Traen ropa de calidad, nacional e importada,  talles de todo tipo, tienen diseño, originalidad y muy buen gusto. (Y trabajo en esto)

Y, pequeño detalle: las chicas que atienden no son perras. (léase bitchs)

Mientras me probaba ropa plácidamente sin temer que nadie me abriera intempestivamente la cortinita al mejor estilo de “Y? como te quedó?”, recordé la última vez que fuimos al shopping con mi amiga Lucero.

Lucero se peleó con su novio el último año. Tras 7 largos años de noviazgo, descubrió no solo que la había engañado sino que además, tenía un bebé de 8 meses a 10 cuadras que mantener.

Tras el shock inicial, y el apoyo de sus amigas, Lucero fue recomponiéndose.

Aunque no sin ningún costo.

Lejos de tomar tranquilizantes o embeber sus penas en jarras de alcohol nocturno, Lucero se dedicó a otra cosa.

Tipo compulsión.

Primero 1, luego 2, luego 4, y hoy lleva en su haber 18. Sin parar, uno tras otro, fue engrosando la lista. O ella misma.

No, no se dedicó a la conquista intempestiva y fugaz de amores de una noche.

18 son los kilos que ganó en este tiempo de penurias, comiendo las penas una tras otra, como si las quisiera enterrar bajo un manto de grasa corporal.

Ese día, mientras me comentaba sus sesiones de diván, recorríamos el vestidor de selecto local de ropa de moda (y de marca).

Nos probamos de todo. Nada le entraba.

Tratando de ayudarla, yo misma he estado en su lugar, buscábamos cortes favorables, pero el tema excedía el corte.

La ropa no entraba, el talle XXL no encajaba.

Lu, desesperada, ex modelo publicitaria, empezó a lagrimear.

“Quizás debieras recorrer los localcitos de la calle Avellaneda”_ sugirió despectiva e irónica la empleada del local, de flequillo recto, lentes de contacto, botox en labios, nariz operada, 45 kilos aprox, jeans ajustados, mientras le sacaba las perchas de la mano.

Lu lloró y cerró la cortina.

Enceguecida no pude evitar decirle:

“valés tanto como querés ocultar, barata”

No son los hombres. (no todos al menos)

Son las minas.

Somos nosotras mismas las que acusamos, señalamos, remarcamos.

Los puntos neurálgicos. Los puntos donde duele.

Por suerte no todas, pero las menos son las que no lo hacen.

Y mientras Lu se recupera de su amor perdido a través de las ingestas desmedidas y sus dietas ciclotímicas, nosotras nos cambiamos de local.

A los locales de las hermanas Rosadas.

Lo único que me hizo prometerle Lucero para ir conmigo fue:

“Por favor nada de contestaciones de novela venezolana a las vendedoras”

dejaré mis sueños de Topacio por un rato…


(continuará)

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