Tag Archives: EDIPO

Tiziano y la pasión

3 Ene
”La felicidad encierra un doble objetivo: evitar el dolor y el sufrimiento por una parte y experimentar intensas sensaciones placenteras por otra” Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”

Debilidades… No tenías ninguna, yo sólo una, que amaba” B.Brecht


Hace pocos años descubrí una pasión por la Historia de las Artes. Ya graduada y postgraduada, todos los sábados atendí fiel, durante 3 años,  entre señoras grandes recoletinas y collares de perlas,  un curso en el Museo Nacional, donde no solo me encontraba más que cómoda. La palabra es “nirvana”. Un espacio de extasis, de pasión, de encuentro conmigo. Sin poder definir que significaba eso.

Un raro despertar tardío, donde me conmovía hasta el alma ver, escuchar, y también  charlar con esa profesora que me alentó a estudiar de grande, cuando “ya no se supone que uno empiece una carrera”, ante mi Pasión recién descubierta y mis elucubraciones teóricas entre psicoanálisis y las pinturas de cada época.

En terapia empecé a contar sobre como “este es un espacio mío, de nadie más”, sin pensar que los otros espacios no sean míos, sin comprender del todo el significado de tal frase, pero sintiéndome muy “Yo” en este lugar. De donde salía esta pasión, no de mis padres seguramente, que jamás escuchan música clásica o visitan museos. Encontrándome extraña, sin origen.

Y recordé, algo que había olvidado. Una leyenda. Algo no repetido, no relatado en voz alta. Algo que me reencontraba en algún punto con este espacio que sentía muy mío, pero que no lo era tanto; era un poco prestado.

….

Durante toda mi infancia me pasaba tardes y tardes viendo un cuadro que está aún hoy medio derruído y abandonado, en la casa de mi abuela paterna. A medida que crecía entendí que, lejos de ser una pintura cualquiera, era una réplica de Tiziano y su Carlos V.  Una pintura que había hecho mi papá a los 18 años, porque “era una pared aburrida”.

A ver, yo no me crié entre ateliers y pinceles. Mucho menos hubo estimulación pictórica o teórica al respecto. Me crié entre computadoras cuando nadie había ni siquiera visto una en algún negocio, dibujaba sobre telex y formularios continuos ochentosos. Siempre decía en el colegio que mi papá “hacía medias”, o “zapatos”, porque era mejor mentir que decir que realmente ninguna de mis hermanas ni yo entendíamos realmente a qué se dedicaba. “Hace robots” terminó siendo la respuesta más acabada.

Mi padre nació en un pueblo de colonos e inmigrantes italianos e ingleses en el norte de Santa Fe. Hijo de la niña del pueblo, heredera de propiedades y Ramos Generales, y el candidato inaceptable que la enamoró, y que nadie quería para tal familia. Un candidato cuya madre era de costumbres no católicas, errante, nómade y cantante de operetas de pueblo en pueblo.

Desde pequeño, escuchó a su padre, mi abuelo, tocar el bandoneón y abandonar la casa por las noches en sus juergas de música y demás, sin ningún tipo de cuestionamiento femenino. Un estilo de vida no recomendable e incluso prohibido para su hijo, quien sería una persona de bien.

Iba a la escuela, tras caminar, o con suerte en una bicicleta prestada, varios kilómetros, donde pronto fue el mejor alumno lejos. Todo ese esfuerzo de piernas no podía ser en vano.

A los 5 años su hermana, mi tía, se anotó en un concurso de dibujo del pueblo. este tipo de eventos eran más que escasos y eran el acontecimiento del semestre, sino del año.  Conseguir el premio de pinturas que venían de Europa, eran lejos el anhelo envidioso de cualquier chico pueblerino. Mi viejo acompañó a su hermana, de paso se inscribió,  dibujó, porque era mejor dibujar que molestar.

Terminó ganando el concurso mi padre, no mi tía, el concursante de rebote ante un jurado extrañado por las dotes artísticas de ese niño, el menor de todo el concurso.

Pero desalentado por una casa donde las dotes artísticas eran mal vistas, como sinónimo de juerga, guardó las pinturas y la guitarra en busca de una profesión “seria”. Contador primero, informático después, cuando serlo era ser un pionero no solo en Argentina.

En sus ratos libres  nos copiaba prácticamente cualquier cosa, porque su talento residía (reside?) en copiar, más que en dibujar por si mismo. Cómo aprender a dibujar por si mismo cuando está mal visto?  Pero como la pasión suele desbordar suele encontrar su vía de cauce de algún modo.

A medida que crecí, y vi el Tiziano original, me di cuenta del talento, aun sin contar con los elementos adecuados, de mi padre, un talento extraordinario. Un Tiziano exquisito.

Mientras formó su empresa, entre sistemas binarios y el reconocimiento de sus pares, nos compuso varias canciones. Autodidacta, aprendió a tocar la guitarra de manera incipiente, pero no demasiado (porque no tengo tiempo).

Abandonó con los años todo tipo de expresión artística, sumergido en obligaciones y responsabilidades, y poco alentado de adulto también.

Cuando le dije que iba a estudiar Artes, me dijo “si, pero de hobbie, eso no es una carrera que te de de comer”

No soporta que yo vea el canal Film and Arts. Pasó de largo (demasiado de largo) mis fotos de museos europeos, de pinturas, desalentó mis relatos apasionados de leyendas e historias medievales. No me escuchó cuando le conté que iba a empezar a escribir textos para un pintor que acabo de conocer, extraordinario. Como a una extraña, me regala lapiceras para la oficina, relojes de escritorio. Solo un libro de pintura, a regañadientes, mientras cierra sus declaraciones juradas.

Cuando a veces los fines de semana voy a lo de mi abuela, pongo su canción favorita, me quedo leyendo y escribiendo frente a su Tiziano descascarado, abandonado, buscando  no dejar yo también  escapar a la pasión en mi vida.

Reencontrandome conmigo, y con el en mi misma.

Luli y su papá

29 Nov

…continuación de post :  Ex modelo 1

A father is always making his baby into a little woman.  And when she is a woman he turns her back again”  ~Enid Bagnold

Arremetí contra Luli diciéndole la clásica:

“No te preocupes por estas yeguas resentidas, la apariencia física está sobrevalorada”

“El que te quiere te va a querer así, con 18 kilos más o menos, esto no suma. El resto es cotillón”

“El mejor sexo de mi vida lo tuve con kilos demás, con eso te digo todo”

“Ya te vas a poner diosa de nuevo. Y linda sos igual”

Yo sabía que en realidad no le importaba tanto su sobrepeso como su malestar interior, y cómo este se expresa siempre afuera. Y no obvio lo importante que es para todas sentirnos lindas. Es intrínseco a lo femenino. No está atado a un número en la balanza. Sino a la correspondencia entre interior y exterior. Pero a veces solo hay que contener y hacer refuerzo yoico.

Luli me dejó en el bar y se dirigió a su terapia.  Tiró el bolso sobre el diván, sin poder refrenar las lágrimas y le contó, alterada, Word for Word, a su terapeuta, el episodio en el local del shopping.

Extendiéndose en por qué, aún ya recuperada de su relación nefasta con ese ex que la dejó así, no podía sostener una dieta.

“No puedo volver atrás”- Tiró, agitando las manos sobre el diván.

“A medida que me abandonaba, yo ganaba peso”

“Cómo puedo compensar, siento que estoy pagando algo a veces”

Los que somos licenciados en psicología nos regocijamos en las palabras que uno escucha a través de la asociación libre, sobre todo sin diván de por medio, todos los días, a todas horas.

“Luli, como bien dijiste no podés volver el tiempo atrás. No podés hacer todo distinto, no podés recuperar lo que perdiste. No se compensa el pasado. No se paga ni se compensa en la balanza ganando kilos ni sumando penas ni culpas. Tenés que asumir el presente para reconstruir el futuro. Las personas viven sosteniendo presentes inexistentes” _ hizo la intervención terapéutica la psicóloga.

Luli en silencio. Las palabras no salían. Los pensamientos la avasallaban.

La famosa distancia entre el pensar y el decir de Freud.

“Luli, decí lo primero que se te ocurra, aunque creas que no tiene que ver con nada”

“Papá y yo fuimos al río hace 10 años”_ escupió.

“si…”_ te escucho.

“ Papá y yo éramos bastante unidos antes. Yo de chica esperaba siempre la hora a la que llegara. Era como mi salvador. Del aburrimiento diario, del tedio, del abandono. De la dictadura, de la frustración. Era mi hora favorita del día, su llegada, y salía corriendo a abrazarlo. A partir de ese momento, todo era felicidad. Un Edipo de mierda. Yo siempre, en el fondo, sentía un poco de lástima por él. Sentía que el hacía todo por hacernos felices, notaba ese esfuerzo extra por contentar a mamá, por hacernos reír, como una dosis de esfuerzo innecesario que yo no compraba, a pesar de ser muy chica”

“Entonces, lo obvio. Quería colaborar con el. Mi amor por el, hizo que poco a poco yo ayudara en la farsa, con mi sonrisa. Sonrisa que el siempre elogiaba, sosteniendo la escena de familia perfecta con mis dientes blancos, mis labios de frutilla y mis ojos de distinto color. Ahora que me acuerdo, se me cruza una imagen”

“Cuál?”

“El bautismo de mi tercer hermana. Mamá tenía uno de sus berrinches, egoístas, incomprensibles. Inmaduros. Sin justificación, que años después entendí que eran ataques de frustración. Se había enojado por una boludez, y todos teníamos que correr atrás de ella. Empañó todo el festejo. Toda la alegría. Porque ella misma no puede disfrutar. A mis 8 años recuerdo sentir, realmente sentir que mamá era más chica que yo. Lo que estaba mal, muy mal. Yo estaba enojada con ella, porque tenía que arruinarlo todo. Si la farsa estaba bien. Claro que en esa época yo no pensaba que era una farsa.”

“Sacaron la foto, y aun hoy la tengo en mi agenda. Si la vieras…es tan clara…

Mi sonrisa perfecta, tomando a papá de la mano.

Papá sonriendo, adecuado, justo, ubicado.

Mamá y mi otra hermana, con la peor cara.”

“10 años después, papá me llevó al río, me pidió disculpas. En su modo errático. Yo no entendía nada.”

Papá no es de pedir disculpas ni de muchas palabras.

“Yo que quería protegerlas, aprendí tarde, que no se puede proteger de todo, que yo no era suficiente. Que todo, absolutamente todo se paga.  Pero lo que no sabía, es que ibas a pagar vos. Ocupando lugares que no te corresponden, queriendo compensar, funciones que no te atañen, sosteniendo mi infelicidad.

“Papá, yo soy feliz, no te preocupes por mi”_ dije, autòmata y bien aprendida.

“Le Sostuve la mano, con la mirada fuerte y sonreí. Papá ama mi sonrisa.”

“Compensando su vida con la mía. Pagando su precio por mi felicidad”_ hilaba Luli sobre el diván, comprendiendo, abriendo los ojos.


Al lunes siguiente Luli empezó la dieta.

A %d blogueros les gusta esto: