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alegoría de la lujuria

29 Mar

Qué  injustamente mal vista está la lujuria. Esto sí que es mala fama.

Como si la lujuria fuera el pecado.

La lujuria es un chiste, un pasatiempo barato, un desahogo pulsional con un pico inicial altamente estimulante, un reclamo breve del cuerpo, que pasa rápido y se va sin pena ni gloria hasta su próxima irrupción. Nada que temer y mucho que disfrutar.

El verdadero pecado está en su origen.

La lujuria no deviene de otro lugar que de los tiempos de la Afrodita misma, famosa diosa del amor, de la belleza. Trascendida su fama con esta etiqueta, poco se sabe que es el amor sexual y nada tierno el que en realidad ella representa. Venus es su correlato, y venérea la huella significante que trascendió a los tiempos modernos. La lujuria era ella.

Desmitificada, no es nada virtuosa y casta la muchacha. Fue condecorada con una manzana (todo un símbolo del pecado) en el concurso de las más bellas de su tiempo, lo cual ensalzó su tremenda vanidad; ostentación a descaro echando en cara la manzana para que todos (y todas ) la vean.

Pero se cortó la vanidad un buen día sin que ella se diera cuenta. Por el beso de  un inocente pero ya adolescente Cupido; y como todo despertar, no es cariñoso, es un beso lascivo, rudo, urgido, que tienta los límites y los rebalsa pornográfo.

El Olvido intenta advertirla, cubrirla con su manto, porque los recuerdos del amor disfrazados de placer pueden ser muy nefastos y duraderos.

Sin embargo  es el Tiempo el que ese entromete ahora, y solo por competencia de egos masculinos, no va a dejar al Olvido ejercer su efecto ensordecedor.

El Tiempo es un viejo decrépito y burlón que promete y baja defensas con su capa caída  a la vez que nos llena de esperanzas, para reírse contra la tierra, años después cuando descubrimos, ya tarde, transcurrida su línea, que no hay escapatoria: el olvido no existe ante el verdadero amor. Solo ejerce su efecto ante los amores mediocres.

La locura, está escondida. Grita de repente. (No, es injusto darle ese estatuto…)  El verbo apropiado es el que conjuga maúlla:  Felina e histérica y se cubre ante el horror de lo que vendrá.

Porque hasta la mas bella diosa del amor,  no es mas que una mujer, una Venus suelta en la tierra, que sufrirá los efectos enfermizos del goce obsceno del amor. El amor es carnal, y ama volver y cobrar los impuestos del derecho otorgado.

Ahora bien, la inconciencia. Qué nos dice de ella?

La maldita inconciencia con la que nos entregamos al amor no es un ella, sino un él, travesti de género, personificado por un niño pequeño que se lanza rápido, a carcajadas, corriendo estrepitoso al goce, sin darse cuenta que cada paso que da clava sangriento más profundo el pie en un aguijón de crueldad insospechada, mientras las cadenas del sufrimiento lo van atando en silencio.

Está por ahora anestesiado.

La locura vuelve a maullar, sorda.

Y por detrás, una auténtica princesa. Luminosa, de mirada lánguida, una Mona Lisa enigmática, no se sabe bien a simple vista si se sonríe o si se burla. Digna poseedora de un cuerpo de serpiente, su mirada envenena, y su aparente dulzura no puede esconder las garras escamosas de lo que verdaderamente representa.

Porque no jodamos, es el Engaño.

No me culpen, solo describo a Bronzino.

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Tiziano y la pasión

3 Ene
”La felicidad encierra un doble objetivo: evitar el dolor y el sufrimiento por una parte y experimentar intensas sensaciones placenteras por otra” Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”

Debilidades… No tenías ninguna, yo sólo una, que amaba” B.Brecht


Hace pocos años descubrí una pasión por la Historia de las Artes. Ya graduada y postgraduada, todos los sábados atendí fiel, durante 3 años,  entre señoras grandes recoletinas y collares de perlas,  un curso en el Museo Nacional, donde no solo me encontraba más que cómoda. La palabra es “nirvana”. Un espacio de extasis, de pasión, de encuentro conmigo. Sin poder definir que significaba eso.

Un raro despertar tardío, donde me conmovía hasta el alma ver, escuchar, y también  charlar con esa profesora que me alentó a estudiar de grande, cuando “ya no se supone que uno empiece una carrera”, ante mi Pasión recién descubierta y mis elucubraciones teóricas entre psicoanálisis y las pinturas de cada época.

En terapia empecé a contar sobre como “este es un espacio mío, de nadie más”, sin pensar que los otros espacios no sean míos, sin comprender del todo el significado de tal frase, pero sintiéndome muy “Yo” en este lugar. De donde salía esta pasión, no de mis padres seguramente, que jamás escuchan música clásica o visitan museos. Encontrándome extraña, sin origen.

Y recordé, algo que había olvidado. Una leyenda. Algo no repetido, no relatado en voz alta. Algo que me reencontraba en algún punto con este espacio que sentía muy mío, pero que no lo era tanto; era un poco prestado.

….

Durante toda mi infancia me pasaba tardes y tardes viendo un cuadro que está aún hoy medio derruído y abandonado, en la casa de mi abuela paterna. A medida que crecía entendí que, lejos de ser una pintura cualquiera, era una réplica de Tiziano y su Carlos V.  Una pintura que había hecho mi papá a los 18 años, porque “era una pared aburrida”.

A ver, yo no me crié entre ateliers y pinceles. Mucho menos hubo estimulación pictórica o teórica al respecto. Me crié entre computadoras cuando nadie había ni siquiera visto una en algún negocio, dibujaba sobre telex y formularios continuos ochentosos. Siempre decía en el colegio que mi papá “hacía medias”, o “zapatos”, porque era mejor mentir que decir que realmente ninguna de mis hermanas ni yo entendíamos realmente a qué se dedicaba. “Hace robots” terminó siendo la respuesta más acabada.

Mi padre nació en un pueblo de colonos e inmigrantes italianos e ingleses en el norte de Santa Fe. Hijo de la niña del pueblo, heredera de propiedades y Ramos Generales, y el candidato inaceptable que la enamoró, y que nadie quería para tal familia. Un candidato cuya madre era de costumbres no católicas, errante, nómade y cantante de operetas de pueblo en pueblo.

Desde pequeño, escuchó a su padre, mi abuelo, tocar el bandoneón y abandonar la casa por las noches en sus juergas de música y demás, sin ningún tipo de cuestionamiento femenino. Un estilo de vida no recomendable e incluso prohibido para su hijo, quien sería una persona de bien.

Iba a la escuela, tras caminar, o con suerte en una bicicleta prestada, varios kilómetros, donde pronto fue el mejor alumno lejos. Todo ese esfuerzo de piernas no podía ser en vano.

A los 5 años su hermana, mi tía, se anotó en un concurso de dibujo del pueblo. este tipo de eventos eran más que escasos y eran el acontecimiento del semestre, sino del año.  Conseguir el premio de pinturas que venían de Europa, eran lejos el anhelo envidioso de cualquier chico pueblerino. Mi viejo acompañó a su hermana, de paso se inscribió,  dibujó, porque era mejor dibujar que molestar.

Terminó ganando el concurso mi padre, no mi tía, el concursante de rebote ante un jurado extrañado por las dotes artísticas de ese niño, el menor de todo el concurso.

Pero desalentado por una casa donde las dotes artísticas eran mal vistas, como sinónimo de juerga, guardó las pinturas y la guitarra en busca de una profesión “seria”. Contador primero, informático después, cuando serlo era ser un pionero no solo en Argentina.

En sus ratos libres  nos copiaba prácticamente cualquier cosa, porque su talento residía (reside?) en copiar, más que en dibujar por si mismo. Cómo aprender a dibujar por si mismo cuando está mal visto?  Pero como la pasión suele desbordar suele encontrar su vía de cauce de algún modo.

A medida que crecí, y vi el Tiziano original, me di cuenta del talento, aun sin contar con los elementos adecuados, de mi padre, un talento extraordinario. Un Tiziano exquisito.

Mientras formó su empresa, entre sistemas binarios y el reconocimiento de sus pares, nos compuso varias canciones. Autodidacta, aprendió a tocar la guitarra de manera incipiente, pero no demasiado (porque no tengo tiempo).

Abandonó con los años todo tipo de expresión artística, sumergido en obligaciones y responsabilidades, y poco alentado de adulto también.

Cuando le dije que iba a estudiar Artes, me dijo “si, pero de hobbie, eso no es una carrera que te de de comer”

No soporta que yo vea el canal Film and Arts. Pasó de largo (demasiado de largo) mis fotos de museos europeos, de pinturas, desalentó mis relatos apasionados de leyendas e historias medievales. No me escuchó cuando le conté que iba a empezar a escribir textos para un pintor que acabo de conocer, extraordinario. Como a una extraña, me regala lapiceras para la oficina, relojes de escritorio. Solo un libro de pintura, a regañadientes, mientras cierra sus declaraciones juradas.

Cuando a veces los fines de semana voy a lo de mi abuela, pongo su canción favorita, me quedo leyendo y escribiendo frente a su Tiziano descascarado, abandonado, buscando  no dejar yo también  escapar a la pasión en mi vida.

Reencontrandome conmigo, y con el en mi misma.

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