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maestra rural, parte 3

2 Oct

Ramón, quinto grado

Ramón estaba en quinto grado allá por mis 18 años. Pero lejos de tener 10, tenía 15. Su altura, era casi la mía, pero su mente era la de un nene de 8.

Comprendí rápidamente que, no iba  a poder enseñar mucho inglés a ramón. Apenas sabía algunas letras en castellano porque, según me dijo la directora “a estos los dejas pasar, que vas a esperar”

El primer día de clases, en vez de entregar las fotocopias con ejercicios de colores que entregué,

Me devolvió una hoja con un dibujo maravilloso de un dragón, de una brillantez gráfica inusual. Y decía “te amo”

Ramón se convertiría en mi más ferviente admirador (recordar que era una niña y la más joven de sus maestras tenía 54, sin desmerecer) carente de la capacidad de simbolizar, y por ende, comprender las consignas, entendí para mi extrañeza que la función de la escuela era en su caso, no precisamente la de aprender.

Garabatos se sucedieron uno tras otro en mi agenda, sin esperanzas de que adquiriera ni comprenda la lecto escritura, al ver su cara de desesperación ante la llegada del almuerzo, y adentrarme en su historia, aprendí a recibir los dibujos más exquisitos, y a consentirlo entendiendo que el sistema que no funciona a la perfección, para el era el mismo que lo alimentaba.

María, cuarto grado

De 9 años, se transformó también rápidamente en una de mis favoritas. Aprendía rápidamente, era prolija en todo sentido, cordial y buena compañera.

María tenía 5 hermanos, y una casa que visité a los pocos meses. Me preguntaran porquè?

Era común en la escuela, hacer campañas contra las ratas, más que nada porque, en la mayoría de las casas de los chicos, había ratas. No, en un rincón y de vez en cuando, sino como moradores permanentes, ruidosos y accionando en masa.

El piso era de tierra, y al visitar la casa de María vi como se ocupaba no solo de la escuela, sino también de alimentar a sus hermanos y vender cosméticos vía catálogo. El espíritu que solo tienen algunos pocos de enfrentar las dificultades sin cuestionar a la vida, a Dios, o al algún espíritu maligno o freudiano, el cual yo no tengo.

Ese año María dejó de asistir al colegio durante un mes.

De ser la alumna perfecta, volvió perdida, descuidada.

Violada por su tío, según contaron en la dirección. Embarazada.

Hoy María tiene 23 años, un hijo, y estudia abogacía gracias a una beca.

Toma 1 colectivo, 1 tren, y 2 colectivos todos los días ida y vuelta a su casa.

Lee este blog y sigue siendo tan prolija y cordial como a los 9.

El profe de lengua, en séptimo grado

Seño, el profe hoy nos dejó una composición de tarea

Ah si?

Si!!! Sabe como se llama?

No, no como se llama?

La profe de inglés.

Me parece que quiere ser su novio seño.

Porque no viene con el y nosotros al viaje de egresados?

Victor, quinto grado

Victor fue el peor de los alumnos. No en el sentido de calificaciones, aunque no eran las mejores, sino porque al segundo día se escapó de la clase. Inexperta, pendeja, salí del aula a los gritos para buscarlo dada la responsabilidad que me concernía estar a cargo de 40 chicos.

Me contestaba, me hizo perder la voz, llorar y desear renunciar.

A ver, la idea original era irme a Europa y por eso estaba trabajando contra la volunta de de papá, viviendo experiencias desagradables y frecuentando un ambiente que consideraba amenazante para el mundo de muñecas en el que yo me había criado.

Soy masoquista?

Hasta que, yendo a la facultad, una tarde, lo vi.

Victor subiendo el tren y la pila de diarios bajo el brazo. Repartiendo a viva voz con sumo humor la matutina. Me vió, nos reímos, le compré el diario.

“por favor mis (si, mis), no le cuente a los chicos, me da vergüenza”

“porque debería darte vergüenza trabajar?”

“porque ellos creen que yo tengo plata”

“porque les mentís?”

“porque así no se burlan de mis cicatrices”

La espalda golpeada. La humillación.

La denuncia ante la directora.

El dejate de joder y no te metas.

La impotencia, charla con papá.

Victor siguió molestando en clase todo el año y el subsiguiente, pero no tanto ya. De vez en cuando me guiñaba el ojo y me tiraba besos.

Y yo ahorrando para “conocer Europa”.

En algún momento el medio se transformó en un fin en si mismo.

Nunca me sentí tan desubicada, tan idiota, superficial, y privilegiada en mi vida.

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