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el rebelde nerd

22 Nov

Hoy los dejo con un excelente nuevo relato de mi amigo Ramiro Lopez, una delicia, que a falta de blog propio, ve la luz en este espacio.

Proximamente publicare una de mis tantas conversaciones con el.

besos desde Brasil!!!

15 segundos

 Era raro. Uno no espera ver su nombre en el diario. La razón es que la mayoría de nosotros salimos en el diario una vez en la vida, o mejor dicho después, en la sección de obituarios. Y la verdad es que uno no espera con ansias la ocasión, y aunque así fuera no puede disfrutar de tan dudosa y fugaz popularidad.

Pero mi nombre estaba en el diario. Clarito. Y no estaba muerto ni mucho menos. Tenía veintitantos y me sentía medianamente saludable y a salvo. Me habían otorgado una distinción como mejor promedio nacional de mi carrera. En un escueto comunicado, la rectora me lo había adelantado, pero fiel a mis principios (y a mis limitaciones), no me había dejado impresionar y lo había comentado en casa con toda la naturalidad de que soy capaz. Y cuando digo naturalidad, piensen en el más insípido yogur descremado con cereales. Así soy yo, pero sin cereales.

De todas formas estaba al tanto de lo del diario, porque durante la mañana había recibido una colección de llamados al respecto. Siempre había sido el crédito de la familia (es un milagro que no se fueran a la bancarrota con semejante aval) y los festejantes se ocupaban de refrendarlo con toda clase de odas a mi supuesta inteligencia, aparentemente mensurable en números con decimales. Estaba acostumbrado a la lisonja fácil (es fácil felicitar cuando siempre te va bien) pero era y soy completamente inmune al elogio. Como dice una amiga, muestro un cierto“rechazo a los halagos” que a mi entender son una especie de opio sonoro que te duerme de a poco y te pasa factura un rato más tarde cuando se acaba la canzonetta y te quedás solo con tus cuitas. Marea tanto como la cerveza, pero cuando se te pasa el boleo, te duele algo más que la cabeza.

Me dispuse a enfrentar mi súbita popularidad, empalagosa y espesa como el dulce de leche, con gesto adusto y amargo. Como para la balancear los sabores…

El día transcurrió con toda  normalidad…. En el laburo empapelaron las carteleras con mi cara (recursos humanos siempre tuvo mal gusto) y no pararon de palmearme y felicitarme. Venían de todas partes, como hormigas. A algunos no los había visto en mi vida, pero parecía que ellos me conocían desde siempre. Mantenía como es de costumbre esa expresión de disgusto disfrazado de mueca que es tan simpática para los tontos y que algunas mentes perceptivas tan caras como escasas interpretan en cambio como falsa modestia. Y trataba de seguir trabajando, que al fin y al cabo es a lo que iba hasta los confines de la civilización de lunes a viernes. Para agasajo, ya tenía los mi barrio y la familia, y créanme que me bastaban. Pero había más.

Aquel día tan popular e inolvidable iba tener su corolario en la facu. No era habitual que llegara tarde. Pero aquella jornada los astros se conjugaron en mi contra. Eran las 7 y cuarto y todos estaban adentro. Cuando digo todos, quiero decir TODOS. Si hasta me pareció que el impresentable de Manzanares  (un personaje que asistía a clases de riguroso pantalón de jogging y ojotas) o la inquietante Greta Schubert (una misionera cuasi perfecta que se sentaba del otro lado del aula….bien lejos como a mí me gusta) que habían abandonado en primer año la carrera se habían hecho un tiempito para ir a recibirme… El aplauso cerrado me paró en seco cuando entré silencioso, cabeza gacha, dispuesto a zambullirme en el primer banco, que para mí sabía a trinchera salvadora. No quedó otra que saludar y agradecer y todo lo demás. El gordo Perez Balmaceda me miraba desde el estrado. Justo éste, pensé. Su diatriba duró una eternidad. Una vez más mi inefable cara de disgusto disfrazado hizo aparición. El gordo se quedó contento. Siempre le caí simpático y además supongo que lo salvé de dar clase.

Como las malas noticias nunca vienen solas, a los pocos días un señor de riguroso traje entregó en mano una invitación en un sobre cerrado y lacrado con el escudo en relieve.  Anunciaba lo que preveía. Salón Blanco, tal día a tal hora. El último paso hacia el abismo: ceremonia de premiación en la casa Rosada.

Aquel día decidí acelerar el paso, como cuando adelantás una película. Vi pasar a ráfagas a Menem y a media docena de tipos que mutaron de ministros a procesados unos años después. Había dos filas completas de nerds como yo, de todas partes del país. Me senté cerca de una futura odontóloga mendocina que afortunadamente no se parecía en nada al cliché de la buena estudiante. Por lo menos, pensé, hoy me tocó cerca… Todo pasó rapidísimo (por lo menos así quiero recordarlo) y cuando quise acordar andaba subido al escenario, con un diplomita en la mano, dispuesto a la foto final (si final!!!) Aproveché para hacer mi maldad de rigor, y mientras todos se codeaban para acercarse al centro, donde el Turco brillaba con su mejor traje, me puse en cuclillas y apoyé la mano entre las piernas, como acariciando una pelota imaginaria. Mientras el resto de los mejores promedios del país miraban fijo al frente, de pie, inalcanzables, meritorios, la foto me inmortalizó en la típica pose futbolera. Todavía me divierte imaginar el retrato conjunto enmarcado en el estudio de un importante abogado de Córdoba o en el escritorio de un diplomático de carrera. Lo mejor de cada casa, posando para lo posteridad, oteando el futuro, y a un costadito agachado y fuera de contexto el 4 de Almagro…

Salté del estrado y enfilé para el pasillo, dispuesto a escapar de esta persecución que se había prolongado quince días. Y ahí me esperaban.

El tiempo, mi tiempo empezó a correr. Tres pares de ojos me observaban, brillantes o mejor dicho brillosos., emocionados. Por primera vez desde que habíamos empezado con esta farsa, se me anudó la garganta. Despacito me acerqué, contando mentalmente, aflojando el nudo de la corbata en un vano intento de recuperar la compostura. Mis viejos y mi novia me miraban fijo, como extasiados.  Sonreí ya más relajado y me fui acercando. El tiempo se acababa. Los abracé y no les dije nada. 15 segundos exactos. Mis quince segundos de fama.

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