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Diario, tierras griegas

11 Nov

“To be in love is merely to be in a perpetual state of anesthesia – to mistake an ordinary young man for a Greek god or an ordinary young woman for a goddess”

Dioniso tuvo un nacimiento inusual que evoca la dificultad de encajarle en el panteón olímpico. Su madre fue una mujer mortal, llamada Sémele, hija del rey Cadmo de Tebas, y su padre Zeus, el rey de los dioses. La esposa de Zeus, Hera, una diosa celosa y vanidosa, descubrió la aventura de su marido cuando Sémele estaba encinta. Con el aspecto de una anciana (en otras versiones de una nodriza), Hera se ganó la amistad de Sémele, quien le confió que Zeus era el auténtico padre del hijo que llevaba en el vientre. Hera fingió no creerlo, y sembró las semillas de la duda en la mente de Sémele, quien, curiosa, pidió a Zeus que se revelara en toda su gloria como prueba de su divinidad. Aunque Zeus le rogó que no le pidiese eso, ella insistió y él terminó accediendo. Entonces Zeus se presentó ante ella con sus truenos, relámpagos y rayos, y Sémele pereció carbonizada. Zeus logró rescatar al fetal Dioniso plantándolo en su muslo. Unos meses después, Dioniso nació en el monte Pramnos de la isla Icaria, a donde Zeus fue para liberarlo ya crecido de su muslo. En esta versión, Dioniso tuvo dos «madres» (Sémele y Zeus) antes de nacer, de donde procede el epíteto dimētōr (‘de dos madres’), relacionado con su doble nacimiento.

La agenda era nueva. El calendario, sin estrenar. Corrían los primeros días de niebla londinenses.

Oxford fascinaba majestuosa. Liverpool y The Cavern aguardaban y los viejos compañeros de escuela de Paul nos esperaban con el cafe caliente todas las tardes, a dos cuadras de la catedral anglicana, que se alzaba altiva y tenebrosa.

Tachando cada día emprendimos el recorrido por 9 países con mi amiga Lola. Disfrutaba al fin poder asir, pisar, tocar, admirar, respirar esas tierras, monumentos soñados. De 20 años, ya manifestaba mucha curiosidad por las artes y la historia.

En Londres taché: 85 días menos, para ver a Mariano, entre famosos de cera.

En Bélgica, borré: 80 días menos para ver a mi amor. Brujas medieval de fondo.

En Holanda, me tatué y me teñí, fumé, y entre coffe shops, sex shops y red windows llamaba a Mariano. Minus 75.

En Francia, recorrimos los bares con el papparazzi y el guardaespaldas de Madonna, y nos extrañábamos con hambre. Desde la torre Eiffel lo llamé y suspiramos. En Notre Dame me saqué esa foto que envié usando por primera vez el Hotmail. Me compuso dos temas y me envió un cassette resumiendo nuestra historia de amor.

El walkman latía en Cannes, en la puerta de Chanel, donde solo fuimos para ver donde Meg Ryan y Kevin Kline se habían enamorado en French Kiss. Ya romántica incurable.

Menos 70 días. Cada vez falta menos.

En Mónaco nos pasaron a buscar con limo y navegamos con amigo de papá por el mar azul simulando millones y suspiré por su belleza.

Mariano te extraño. El teléfono era eterno. Imaginábamos el reencuentro. Mi soledad y yo, de Sanz, nos musicalizaba.

En Italia morí de amor por toda ella. Italia me conmueve siempre. Lloré frente a La Última Cena en Santa María Della Grazie, metí la mano en La Bocca de la Veritá. En la Fontana Di Trevi me prometí volver un día con el amor, lanzando la moneda hacia atrás. En Venecia me enfermé y vomité en el convento de las monjas, quienes a las 20 hs ya nos enfilaban a dormir. A oscuras con una pequeña linterna bajo las sábanas, le escribí esa carta.

Para Pompeya no teníamos tiempo, Grecia reclamaba llegar lo antes posible, atrayente.

El  barco salió de Brindisi rumbo a Grecia, y lo conocí. El primer enrosque de mi vida. El primer giro de 360º. Tras 4 años de noviazgo estable, sin muchas peleas, otro había capturado más que mi atención.

No le dije nada a Lola, pero se dio cuenta. Me mentí, no le podía hacer esto a Mariano. Qué me pasa. No me salían más las mismas palabras.

Y Mariano musicalizó mi desaparición en la Europa de mis sueños. Intuía que otro me había robado en Grecia. La yo de Italia sonaba muy distinta dos días después al entrar a la cuna de la civilización.

Como si el influjo de los dioses y sus pasiones tormentosas, celosas, fugaces me hubieran capturado, me dejé seducir por Atenas, Santorini, Mykonos y el Dionisio uruguayo que se había aparecido de repente en la agenda.

La agenda quedó vacía y desolada de palabras, pero sobre todo de tachaduras.

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