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morocho al rescate

26 Nov

Ayer volví de Brasil en avión.

No tengo pánico a los aviones, pero convengamos que las turbulencias no le hacen gracia a nadie.

Gracias a mis momentos de alta antisociabilidad y al espacio del avión, salí lentamente de mi asiento de fila 2 donde veía a las azafatas comer sándwiches mientras nosotros estábamos starving desde hacía 5 horas, sin un vaso de agua, atrapada entre dos alemanes con cara de amargura para disponerme más cómoda a estudiar para mi parcial del viernes  en los asientos vacíos.

De repente, lo peor: un pozo de aire. Turbulencia. Afuera relámpagos.

La consabida cantinela del capitán diciendo que no nos alarmemos.

Pensé “acabo de escribir el post de que se me acabó la malas uerte serial y ahora termino desintegrada en el espacio aéreo, que buen final”

Las lágrimas asomaron, el terror, el pánico.

“Moriré sola nomás… Ni un hijo, ni el árbol plantado, mi gata quedará finalmente con mi madre…jeje.”

Sin ningún tipo de conciencia ni vergüenza, empecé desesperada a mirar para todos lados hacia algún alma caritativa.

Y ahí estaba él, lindo, cuarentón, morocho con traje:

“eso de ahí afuera es una tormenta eléctrica?”_ le dije, angustiada, llorando.

“si, no te asustes, estás llorando?”

“no, nada que ver…” _ mentí temblorosa

Inesperadamente, el sujeto en cuestión me tomó la mano desde el asiento trasero y me dijo:

“no pasa nada, agarrame que ya termina esto”

La sorpresa de la situación y la mano fuerte del morocho, superó el vértigo de montaña rusa. Alguien al fin me sostenía a mi.

“sin anillo”_pensé, desviando mis pensamientos de muerte trágica y joven a lo Marilyn.

Con las manos entrelazadas, empezamos a hablar de Nietzsche, ya que vió mis apuntes en el asiento vacío.

Hablamos de Kafka.

De Foucault.

De Camus, de Beauviour.

Para cuando terminamos la charla altamente intelectualoide, aterrizamos; y para cuando aterrizamos yo ya estaba tímida, callada nuevamente.

“te asustaste no?”

“si, bueno me pasa a veces, gracias, que vergüenza”_ balbuceé.

Como el diálogo quedó ahí y no soy digamos la mina encaradora, me fui a Migraciones, frustada,sola,  enojada conmigo misma.

Mientras esperaba mis valijas, y ya inmersa en los reproches de ser tan “quedada”, apareció Mr. E. por el costado.

“Eh, te fuiste sin saludar”_ me increpó.

“mierda, como en las pelis…”

Y se quedó conmigo, me acompañó a la puerta, y saludó a mis padres que me habían venido a buscar a lo lejos. P

Papá con su gesto de nada como siempre, mi mamá con su cara de desborde, también como siempre.

“Bueno, encantado de conocerte, que tengas buen regreso” me saludó, dandome la mano, pasándome a la vez su tarjeta personal.

Azorada, miré la e card con su celular. Tenía escrito:

“Por si te agarra nuevamente miedo sola, mi cel es xxxx, digo, o para seguir con Nietzsche”

Definitivamente arrancó una nueva etapa.

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